China y la Crisis

La relación con China

Roberto Newell
14 May. 09
Reforma
DE CONVICCIÓN LIBERAL

Hasta la fecha, la mayoría de los analistas económicos describen la crisis económica internacional como un ejemplo particularmente severo del ciclo económico. La implicación de esta descripción es que una vez que haya concluido la fase crítica de la recesión, la economía global regresará a su trayectoria histórica. No estoy de acuerdo con esta descripción.

La evidencia analítica muestra que la crisis económica marca un punto de quiebre en la evolución de la economía global. Desde la caída del muro de Berlín hasta 2007, Estados Unidos, Japón y la Comunidad Económica Europea eran el motor de la economía global. Juntos representaban 58 por ciento de la demanda total de bienes y servicios en la economía global. Pese al veloz crecimiento de China, India y otros países del sureste de Asia y Europa oriental, la dinámica de crecimiento de la economía global seguía dependiendo de la demanda de los países desarrollados.

La oferta agregada global se adaptó a estas circunstancias. Varias de las principales economías en vías de desarrollo, v.gr. China, Rusia, Brasil y México, se especializaron en la producción de bienes destinados a los mercados más desarrollados. México fue un caso ejemplar: la economía se especializó en la producción de bienes y servicios para Estados Unidos. Entre 1993 y 2008, la proporción de la oferta nacional destinada a los mercados externos pasó de 20 a 40 por ciento. Es por ello que el reciente descalabro de la economía americana nos pegó tan duro.

La estrecha relación de nuestra economía con la de Estados Unidos obliga a preguntar si cuando llegue la recuperación de la economía global debemos esperar que el motor de la economía global vuelva a ser la demanda de los países desarrollados. En mi opinión la respuesta es no, por tres razones.

Primero, porque uno de los principales desequilibrios que llevó a la crisis fue el excesivo endeudamiento de los consumidores de las economías desarrolladas, entre ellas Estados Unidos. Cuando por fin se supere la fase aguda de la recesión, los consumidores americanos todavía estarán en el proceso de desapalancarse. Irremediablemente tendrán que consumir menos y ahorrar más.

Segundo, las políticas anticíclicas que instrumentaron Estados Unidos y varios otros países causaron que su deuda pública se multiplicara. Para servir esta deuda y reducir su principal, estos gobiernos tendrán que aumentar los impuestos a los consumidores. Esto significará que los ingresos disponibles de la población serán más bajos y causará que se reduzca la demanda de bienes.

Por último, a lo largo de los últimos años, los países desarrollados también acumularon una enorme deuda con China y con varios otros países, netos-exportadores. Para rectificar esta situación, tendrán que equilibrar su relación comercial con los países exportadores, importando menos. Esto ya está sucediendo; durante el año que concluyó en febrero de 2009, las importaciones de Estados Unidos bajaron 28 por ciento.

Todo indica que vienen ajustes que reestructurarán los flujos comerciales permanentemente. Los países desarrollados dejarán de ser el motor que potencia el crecimiento de la economía global. Otros países tendrán que cumplir ese papel. Destaca China, cuya economía es de las menos afectadas por la crisis. Por ello, probablemente no sea una buena idea andar buscando pleitos con ella.

En la medida en que deseemos aprovechar el impulso que nos puede dar exportar bienes a China y, sobre todo, en la medida en que queramos ser uno de los países en los cuales invierte, conviene evitar entrar en conflictos inútiles.

Coincido con el juicio que se hace de que el Gobierno de China actuó con rudeza innecesaria. Varias de las medidas que instrumentaron durante la emergencia sanitaria fueron groseras e injustificables. Pero de eso a pensar que es aconsejable subirse al ring para resarcir los agravios al orgullo nacional hay una gran distancia. La reacción de nuestro Gobierno es una manera de cometer el mismo error que cometieron ellos.

La relación con China no tiene por qué ser un idilio de amor, pero sí se debe basar en cálculos más fríos que los que hemos hecho recientemente. Lo que está en juego son intereses; en este caso, nuestros intereses. China es y seguirá siendo una de las principales economías internacionales. Hasta la fecha, hemos aprovechado su potencial poco. Nuestra indiferencia hacia China se podía justificar porque la cercanía geográfica y comercial a Estados Unidos hacía que ese país fuera la mejor apuesta comercial. Pero el mundo está cambiando. Más vale que nos vayamos adaptando a la nueva realidad.

Roberto Newell G. es Economista y Director General del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones que aparecen en esta columna son personales.


Posted by 355 on May 18 2009 under Mundo, Economia, Crisis Mundial



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